Lo correctamente político

“La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados” (Groucho Marx) Si la apariencia prima en detrimento de la profundidad, de lo relevante, de lo original, es normal que el continente sea más importante que el contenido y que, cuando éste difiere mucho de aquél, sea una fuente de decepción. En la actualidad occidental la vorágine de información, la multitarea, el carácter individualista poco observador o quizás la querencia del estímulo inmediato provoca que no podamos detenernos en los detalles y que el acto de profundizar sea poco más o menos un tabú. Quedarse en el continente implica que no apreciemos el mundo circundante tal y como es o al menos tal y como se nos muestra, que lo amoldemos a una apariencia inexistente y, en todo esto, que perdamos nuestra capacidad crítica en favor de un conformismo irracional. Esto es la teoría; si queremos llevarlo a la práctica no hay más que visitar una gran superficie low cost, ya sea de muebles, de ropa o de electrodomésticos, templos de la obsolescencia programada, de la inmediatez consumista y del diseño bonito, pero poco duradero. Visto el panorama, no es de extrañar que los productos de nuestro imperio consumista no sean lo único de usar y tirar: las relaciones sociales superficiales están a la orden del día, fomentadas por la capacidad de omnipresencia y de enmascaramiento que ofrece ese ser etéreo llamado “la red”.  Tampoco es casualidad que la virtualidad tecnológica, con sus mundos paralelos, esté en boga últimamente, a la vez que la virtualidad crítica o, si se quiere, moral; es decir, lo que viene a llamarse lo políticamente correcto. Entiéndase esta corrección como la obsesión de cuidar el lenguaje con el objetivo no tanto de mostrar respeto como de evitar ofender a un grupo social, étnico, religioso o de cualquier otra índole, y no en el sentido cívico y humano que podría connotar la expresión alemana Das Richtige ( hacer “lo correcto”), que apela a exagerados valores prácticos de convivencia y queda perfectamente ilustrada a través de la cita de Lenin “Si en su revolución los alemanes quieren asaltar una estación de tren, compran primero los billetes para entrar”. Una actitud políticamente correcta no implica necesariamente utilizar eufemismos, sino en una autocensura más extensa, ya sea personal o proveniente del grupo al que se pertenece o se quiere pertenecer. Esta obsesión correctora tiene un curioso efecto al que el psicolingüista Steven Pinker se refiere como la rueda del eufemismo: “La gente inventa términos nuevos para referentes con una carga emocional o que resultan de mal gusto, pero el eufemismo se contamina pronto por asociación, y hay que encontrar otro, que enseguida adquiere sus propias connotaciones negativas, y así sucesivamente. En inglés water closet se convierte en toilet (que originariamente se refería a cualquier tipo de aseo corporal), que pasa a bathroom, a restroom, a lavatory”. Y, aunque sufra una transformación inevitable por la evolución de las lenguas, si algo tienen las palabras es contenido, no sólo semántico, sino connotativo, emocional, etimológico e incluso histórico: cuando en el siglo XVIII los franceses invadieron la isla de Menorca y conocieron el alioli, robaron la receta a la que, por cuestión de fino justo una vez en casa, le quitaron el ajo y decidieron llamarla mahonnaise (mahonesa), en honor a su origen. Sin embargo, la idea que subyace es que cambiando la forma en que denominamos a un referente (según la RAE, “realidad extralingüística a la que remite un signo”), o directamente censurando la alusión a ese referente, pudiéramos mostrar una apariencia más satisfactoria y de esta forma modelar la realidad. Pero de nuevo: quien así lo hace se queda en el continente. En el contexto de crisis internacional humanitaria “refugiado” paradójicamente es una persona que en definitiva no tiene refugio. Llamemos cómo lo llamemos la condición de esa persona no cambiará por vaciar una palabra en favor de una visión (falsa) del mundo. Demos la vuelta a la tortilla. Frente a la vacuidad de lo políticamente correcto no nos queda otra que apelar a lo correctamente político; es decir, hacer un diagnóstico correcto de los problemas yendo a su raíz y aplicar después los remedios adecuados. Correctamente político sería que nuestros gobiernos gritaran ¡No a la guerra!, que, por pura justicia lingüística, vertieran de refugio a “refugiado” e hicieran posible que Europa acogiera a todas las personas que huyen de una guerra atroz. Correctamente político sería que no se legislara en favor de facciones reaccionarias de la sociedad y en contra de la libertad de expresión, la que permite hacer uso del humor de forma libre, la que permite que el pensamiento único no se imponga. Correctamente político serían tantas cosas, muchas políticamente incorrectas. Post Views: 258

Artículo de opinión de Alberto Martín | Traductor

- Escrito el 09 abril, 2017, 3:12 pm
7 mins
“La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados” (Groucho Marx)

Si la apariencia prima en detrimento de la profundidad, de lo relevante, de lo original, es normal que el continente sea más importante que el contenido y que, cuando éste difiere mucho de aquél, sea una fuente de decepción. En la actualidad occidental la vorágine de información, la multitarea, el carácter individualista poco observador o quizás la querencia del estímulo inmediato provoca que no podamos detenernos en los detalles y que el acto de profundizar sea poco más o menos un tabú.

Quedarse en el continente implica que no apreciemos el mundo circundante tal y como es o al menos tal y como se nos muestra, que lo amoldemos a una apariencia inexistente y, en todo esto, que perdamos nuestra capacidad crítica en favor de un conformismo irracional.

Esto es la teoría; si queremos llevarlo a la práctica no hay más que visitar una gran superficie low cost, ya sea de muebles, de ropa o de electrodomésticos, templos de la obsolescencia programada, de la inmediatez consumista y del diseño bonito, pero poco duradero.

Visto el panorama, no es de extrañar que los productos de nuestro imperio consumista no sean lo único de usar y tirar: las relaciones sociales superficiales están a la orden del día, fomentadas por la capacidad de omnipresencia y de enmascaramiento que ofrece ese ser etéreo llamado “la red”.  Tampoco es casualidad que la virtualidad tecnológica, con sus mundos paralelos, esté en boga últimamente, a la vez que la virtualidad crítica o, si se quiere, moral; es decir, lo que viene a llamarse lo políticamente correcto.

Entiéndase esta corrección como la obsesión de cuidar el lenguaje con el objetivo no tanto de mostrar respeto como de evitar ofender a un grupo social, étnico, religioso o de cualquier otra índole, y no en el sentido cívico y humano que podría connotar la expresión alemana Das Richtige ( hacer “lo correcto”), que apela a exagerados valores prácticos de convivencia y queda perfectamente ilustrada a través de la cita de Lenin “Si en su revolución los alemanes quieren asaltar una estación de tren, compran primero los billetes para entrar”.

Una actitud políticamente correcta no implica necesariamente utilizar eufemismos, sino en una autocensura más extensa, ya sea personal o proveniente del grupo al que se pertenece o se quiere pertenecer. Esta obsesión correctora tiene un curioso efecto al que el psicolingüista Steven Pinker se refiere como la rueda del eufemismo: “La gente inventa términos nuevos para referentes con una carga emocional o que resultan de mal gusto, pero el eufemismo se contamina pronto por asociación, y hay que encontrar otro, que enseguida adquiere sus propias connotaciones negativas, y así sucesivamente. En inglés water closet se convierte en toilet (que originariamente se refería a cualquier tipo de aseo corporal), que pasa a bathroom, a restroom, a lavatory”.

Y, aunque sufra una transformación inevitable por la evolución de las lenguas, si algo tienen las palabras es contenido, no sólo semántico, sino connotativo, emocional, etimológico e incluso histórico: cuando en el siglo XVIII los franceses invadieron la isla de Menorca y conocieron el alioli, robaron la receta a la que, por cuestión de fino justo una vez en casa, le quitaron el ajo y decidieron llamarla mahonnaise (mahonesa), en honor a su origen.

Sin embargo, la idea que subyace es que cambiando la forma en que denominamos a un referente (según la RAE, “realidad extralingüística a la que remite un signo”), o directamente censurando la alusión a ese referente, pudiéramos mostrar una apariencia más satisfactoria y de esta forma modelar la realidad. Pero de nuevo: quien así lo hace se queda en el continente.

En el contexto de crisis internacional humanitaria “refugiado” paradójicamente es una persona que en definitiva no tiene refugio. Llamemos cómo lo llamemos la condición de esa persona no cambiará por vaciar una palabra en favor de una visión (falsa) del mundo.

Demos la vuelta a la tortilla. Frente a la vacuidad de lo políticamente correcto no nos queda otra que apelar a lo correctamente político; es decir, hacer un diagnóstico correcto de los problemas yendo a su raíz y aplicar después los remedios adecuados. Correctamente político sería que nuestros gobiernos gritaran ¡No a la guerra!, que, por pura justicia lingüística, vertieran de refugio a “refugiado” e hicieran posible que Europa acogiera a todas las personas que huyen de una guerra atroz.

Correctamente político sería que no se legislara en favor de facciones reaccionarias de la sociedad y en contra de la libertad de expresión, la que permite hacer uso del humor de forma libre, la que permite que el pensamiento único no se imponga. Correctamente político serían tantas cosas, muchas políticamente incorrectas.

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