La batalla esquizofrénica por el significado

A todo ello hay que sumar la exacerbación de los sentimientos patrios bañados de altas dosis de victimismo bajo el lema de que son incuestionables. Ante este patético y preocupante panorama cabe preguntarse, para no caer en una esquizofrenia semántica que pudiera derivar en otra de tipo mental, lo siguiente: ¿Puede un discurso aparentemente no violento movido por sentimientos nacionalistas mover a una ´masa ciudadana` al conflicto político y al enfrentamiento social que degenere en violencia? ¿Cualquier tipo de nacionalismo que renuncie a cierto tipo de violencia le convierte automáticamente en democrático? ¿Podríamos hablar de una ´violencia pacífica`? ¿Son los sentimientos nacionalistas incuestionables cuando persiguen la confrontación social y el enfrentamiento para fortalecer su carácter identitario? Uso estratégico El uso excesivamente estratégico, cuando no tramposo, de la política capitaneada por el expresidente Puigdemont ha desnaturalizado términos tales como democracia, represión, presos políticos, etc., en una lucha en la que se dirime dotar a ciertas palabras de un nuevo significado. Los contendientes en estas ´batallas dialécticas` tratan de ´vencer` imponiendo un falso o unilateral significado. El nacionalismo catalán vuelve a hacer uso de cierto lenguaje y de ciertos símbolos revolucionarios pacifistas para hacer gala de un victimismo que internacionalice el llamado ´conflicto catalán` en busca de unos apoyos exteriores que nunca han llegado. Parece que aquí no importa aclarar el sentido de lo que decimos o reivindicamos como si pareciera que la escalada continua hacia una mayor confusión de significados beneficiara a los que nada tienen que perder. En la batalla semántica se dirime la propia definición de ´democracia` que, según el nacionalista, se reduce a la libre expresión de un derecho a decidir en un referéndum convocado al margen de toda legalidad, olvidando que la democracia tiene un contenido fundamental último que es la defensa de los principios de libertad e igualdad bajo el amparo de la ley recogido en la Constitución. El nacionalismo persigue ciegamente su fin (la conquista de la soberanía política), pone a su servicio toda la maquinaria de la que dispone y no duda en justificar cualquier medio para la consecución de este fin: ambigüedad y mentira en el discurso, trampear con la ley, falta de transparencia y publicidad de las decisiones políticas, etc. Y lo hace con una fe que recuerda al creyente fundamentalista en su firme convencimiento en el proyecto de realizar y vivir según el dogma político: recuperar y salvaguardar una comunidad ficticia y construida. La nación inventada en la que viven es ideal y simbólica, lo que explica que muchos hayan creído y hasta crean que viven en una República catalana subyugada por un Estado represor español, de ahí el grito de “fuera las fuerzas de ocupación”. Aunque en estos últimos días, y para continuar con esta maniobra de confusión que roza la esquizofrenia semántica, algunos han reconocido que la declaración de independencia fue simbólica y que no tenía ninguna validez legal. Geografía psicológica ¿Y qué decir del incuestionable respeto a los sentimientos patrios que para sí reclaman los nacionalistas? Desgraciadamente el nacionalista es un hermético sentimentalista al que no se le puede pedir cuentas sobre sus sentimientos nacionales que considera como algo natural e impermeable a toda forma de argumentación, so pena de herirle gravemente. Para ellos la defensa de la nación tiene un componente afectivo y, llamémosle, arracional: nada tiene que ver con la razón. «La defensa de la nación tiene un componente afectivo y, llamémosle, arracional: nada tiene que ver con la razón» Sin embargo, los afectos y emociones políticas son cuestionables y deben estar sujetos a la crítica y a la justificación. No pueden ser tratados como algo natural e impermeable a toda forma de argumentación. Lo contrario constituye un error de dramáticas consecuencias prácticas, pues estos sentimientos o afectos pueden emanar de falsas o erróneas creencias o de una historia ficticia que a modo de mantra  se repite acríticamente para fortalecer la doctrina política de la nación imaginaria. Asimismo, las emociones son causas que mueven a la acción pública pacífica o violenta. Por tanto, no es verdad que cualquier sentimiento nacional sea legítimo a priori, pues caeríamos en el absurdo de tener que tolerar los sentimientos racistas y xenófobos. «Los afectos y emociones políticas son cuestionables y deben estar sujetos a la crítica y a la justificación» La pasión que mueve al creyente nacionalista es la pertenencia a su nación. Su estrecha geografía psicológica le empuja a levantar de manera victimista fronteras frente a otro que es el verdugo y el responsable de todos sus males. El proyecto político nacionalista no es democrático, aunque utilice torticeramente la democracia para sus objetivos políticos, sino claramente reaccionario al anteponer dichos objetivos a la defensa de la igual libertad y de la convivencia pacífica entre los ciudadanos.    Algunos consideramos mucho más sano desde el punto de vista democrático una pertenencia individual que discuta con razones y argumentos un modelo de sociedad viva y real, más allá de la estrecha adscripción a una determinada comunidad nacional. El debilitado proyecto europeísta transita por esta senda, a pesar de los serios reveses que ha sufrido recientemente. Post Views: 153

En los últimos tiempos el nacionalismo secesionista catalán ha iniciado una batalla ideológica sin cuartel por conquistar el significado de ciertas palabras (democracia, declaración de independencia, presos políticos, etc.) y de ciertos símbolos (utilización de claveles rojos al ´modo portugués` en las manifestaciones frente a los registros de la guardia civil en edificios gubernamentales el 3 de octubre al grito de “fuera fuerzas de ocupación”) con el propósito de conseguir su fin político: la soberanía política de una República catalana

- Escrito el 05 diciembre, 2017, 12:00 pm
7 mins

A todo ello hay que sumar la exacerbación de los sentimientos patrios bañados de altas dosis de victimismo bajo el lema de que son incuestionables.

Ante este patético y preocupante panorama cabe preguntarse, para no caer en una esquizofrenia semántica que pudiera derivar en otra de tipo mental, lo siguiente: ¿Puede un discurso aparentemente no violento movido por sentimientos nacionalistas mover a una ´masa ciudadana` al conflicto político y al enfrentamiento social que degenere en violencia? ¿Cualquier tipo de nacionalismo que renuncie a cierto tipo de violencia le convierte automáticamente en democrático? ¿Podríamos hablar de una ´violencia pacífica`? ¿Son los sentimientos nacionalistas incuestionables cuando persiguen la confrontación social y el enfrentamiento para fortalecer su carácter identitario?

Uso estratégico

El uso excesivamente estratégico, cuando no tramposo, de la política capitaneada por el expresidente Puigdemont ha desnaturalizado términos tales como democracia, represión, presos políticos, etc., en una lucha en la que se dirime dotar a ciertas palabras de un nuevo significado. Los contendientes en estas ´batallas dialécticas` tratan de ´vencer` imponiendo un falso o unilateral significado. El nacionalismo catalán vuelve a hacer uso de cierto lenguaje y de ciertos símbolos revolucionarios pacifistas para hacer gala de un victimismo que internacionalice el llamado ´conflicto catalán` en busca de unos apoyos exteriores que nunca han llegado. Parece que aquí no importa aclarar el sentido de lo que decimos o reivindicamos como si pareciera que la escalada continua hacia una mayor confusión de significados beneficiara a los que nada tienen que perder.

En la batalla semántica se dirime la propia definición de ´democracia` que, según el nacionalista, se reduce a la libre expresión de un derecho a decidir en un referéndum convocado al margen de toda legalidad, olvidando que la democracia tiene un contenido fundamental último que es la defensa de los principios de libertad e igualdad bajo el amparo de la ley recogido en la Constitución. El nacionalismo persigue ciegamente su fin (la conquista de la soberanía política), pone a su servicio toda la maquinaria de la que dispone y no duda en justificar cualquier medio para la consecución de este fin: ambigüedad y mentira en el discurso, trampear con la ley, falta de transparencia y publicidad de las decisiones políticas, etc.

Y lo hace con una fe que recuerda al creyente fundamentalista en su firme convencimiento en el proyecto de realizar y vivir según el dogma político: recuperar y salvaguardar una comunidad ficticia y construida. La nación inventada en la que viven es ideal y simbólica, lo que explica que muchos hayan creído y hasta crean que viven en una República catalana subyugada por un Estado represor español, de ahí el grito de “fuera las fuerzas de ocupación”. Aunque en estos últimos días, y para continuar con esta maniobra de confusión que roza la esquizofrenia semántica, algunos han reconocido que la declaración de independencia fue simbólica y que no tenía ninguna validez legal.

Geografía psicológica

¿Y qué decir del incuestionable respeto a los sentimientos patrios que para sí reclaman los nacionalistas? Desgraciadamente el nacionalista es un hermético sentimentalista al que no se le puede pedir cuentas sobre sus sentimientos nacionales que considera como algo natural e impermeable a toda forma de argumentación, so pena de herirle gravemente. Para ellos la defensa de la nación tiene un componente afectivo y, llamémosle, arracional: nada tiene que ver con la razón.

«La defensa de la nación tiene un componente afectivo y, llamémosle, arracional: nada tiene que ver con la razón»

Sin embargo, los afectos y emociones políticas son cuestionables y deben estar sujetos a la crítica y a la justificación. No pueden ser tratados como algo natural e impermeable a toda forma de argumentación. Lo contrario constituye un error de dramáticas consecuencias prácticas, pues estos sentimientos o afectos pueden emanar de falsas o erróneas creencias o de una historia ficticia que a modo de mantra  se repite acríticamente para fortalecer la doctrina política de la nación imaginaria. Asimismo, las emociones son causas que mueven a la acción pública pacífica o violenta. Por tanto, no es verdad que cualquier sentimiento nacional sea legítimo a priori, pues caeríamos en el absurdo de tener que tolerar los sentimientos racistas y xenófobos.

«Los afectos y emociones políticas son cuestionables y deben estar sujetos a la crítica y a la justificación»

La pasión que mueve al creyente nacionalista es la pertenencia a su nación. Su estrecha geografía psicológica le empuja a levantar de manera victimista fronteras frente a otro que es el verdugo y el responsable de todos sus males. El proyecto político nacionalista no es democrático, aunque utilice torticeramente la democracia para sus objetivos políticos, sino claramente reaccionario al anteponer dichos objetivos a la defensa de la igual libertad y de la convivencia pacífica entre los ciudadanos.    Algunos consideramos mucho más sano desde el punto de vista democrático una pertenencia individual que discuta con razones y argumentos un modelo de sociedad viva y real, más allá de la estrecha adscripción a una determinada comunidad nacional. El debilitado proyecto europeísta transita por esta senda, a pesar de los serios reveses que ha sufrido recientemente.

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