Cómo convencer a un ´cabezota` y no perder la razón

No sé si han tenido la sensación, después de una ardua e infructuosa conversación, que no diálogo, de que ésta ha sido una completa pérdida de tiempo cuando se tiene delante a un auténtico y genuino “cabezota” de pura cepa: ¡Qué pérdida de tiempo! ¿Cómo se me habrá ocurrido tratar de convencer a semejante irracional con el consiguiente peligro de perder la razón y la cordura? A lo que podemos contestar que es una lógica y racional tentación y, por qué no, filosófica, de aquel que pretende disuadir o persuadir de algo al fanático fundamentalista, al ideólogo nacionalista o a cualquier otro tipo de dogmático cabezota en aras de intentar un contramovimiento ilustrado que haga disminuir por medios pacíficos la cantidad de estupidez y de ignorancia en el mundo antes de que sea demasiado tarde. Debemos actuar sobre la raíz del ´mal`, no minusvalorando a la otra parte por necio o falto de entendimiento que nos parezca, practicando una equivocada tolerancia porque puede acabar pasándonos factura. Argumentación   Argumentar es una de las actividades fundamentales del hombre y una de las tareas de la enseñanza de la filosofía es aprender a razonar, lo que implica, en primer lugar, una revisión a fondo de las ideas del propio discurso de modo previo a ese ´placer` de intentar persuadir al otro por medio de ese arte que tan bien cultivó la cultura grecorromana: la retórica. Aquel que pretende ganarse retóricamente a los demás, parte siempre de algunos principios básicos de pensamiento y actuación que no pueden deducirse de otros anteriores y que constituyen los principios ´ideológicos` de partida o pilares sobre los que se construye el resto del discurso moral, político, religioso, etc. «No hay ningún problema en tener una ideología, sino que lo problemático es no someterla a crítica y explicarla haciéndola trasparente en el diálogo» No hay ningún problema en tener una ideología (entendida esta como conjunto de ideas fundamentales de una persona o colectivo sobre algún tema), cada uno tiene la suya, sino que lo problemático es no someterla a crítica y explicitarla haciéndola trasparente en el diálogo, estando dispuesto a modificarla si el otro interlocutor pone mejores argumentos sobre la mesa. Sin embargo, en ocasiones la confrontación con estos ´principios ideológicos` es explosiva cuando la conversación es con un fanático o un fundamentalista con los que desgraciadamente tenemos que convivir día a día. Por ejemplo, la proposición ´la verdad vale más que la humanidad` sería un principio fundamental de una argumentación fanática. Que se lo digan al médico español Miguel Servet, asesinado por el clérigo protestante Calvino durante la implantación en el s. XVI de ese estado fundamentalista protestante en la ciudad de Ginebra, o a los florentinos en el s. XV con el fundamentalista católico Girolamo Savonarola, organizador de las célebres hogueras de las vanidades en la Piazza della Signoria. Desgraciadamente estos episodios se repiten en nuestro presente. Retórica La retórica es el arte o técnica de convencer con argumentos correctos, es decir, aquellos en los que la verdad o la probabilidad de la tesis está garantizada y, además, respetando lo que podríamos denominar como ´código ético de buenas prácticas argumentativas`: tomarse en serio el argumento del oponente, refutándolo y reconstruyéndolo; asunción de que la postura propia puede no ser correcta e intención de cambiarla si fuera así; ofrecer argumentos relevantes ofreciendo razones de peso y evitar pistas falsas que pretendan una persuasión no basada en razones; seguir el principio de claridad argumentativa que evite oscuras terminologías técnicas, jergas indescifrables, términos que den lugar a ambigüedades o equívocos. Para comprender y analizar algunas de las ´raíces de este mal` a continuación presentaremos únicamente tres formas de argumentación falaz, de entre una larga lista,  que suelen utilizarse con normalidad en nuestras conversaciones cotidianas y que suponen ejemplos de argumentación incorrecta que debemos localizar y rechazar en nuestra vida práctica. El primero de ellos es el ´principio de generalización abusiva`, que consiste en extraer conclusiones de una muestra demasiado pequeña de información que puede estar además sesgada. Esto ocurre con frecuencia en encuestas de intención de voto, de uso de las lenguas, etc. Recordemos los sondeos para las elecciones presidenciales americanas de 1936 que daban como vencedor a Alf Landon frente a Franklin D. Roosevelt, el primero de los cuales resultó perdiendo. Estas inducciones precipitadas forman parte de la mayoría de nuestros prejuicios nacionales, generacionales, socioculturales y lingüísticos y se caracterizan por no ser muestras suficientes ni representativas. Lo que el fanático o el ideólogo pretenden es convencernos de algo de manera falaz, escondiendo o no haciendo explícitas sus verdaderas intenciones. Analogía razonable Con mucha frecuencia efectuamos analogías como instrumentos útiles de argumentación. Pero las comparaciones deben hacerse entre objetos, sucesos o situaciones semejantes y en aspectos relevantes para el asunto que se trata. Cuando se comparan dos cosas el grado de semejanza debe ser el adecuado para que la analogía sea razonable. Cuando algunos antiabortistas critican, en forma de caricatura, a las abortistas de defender el derecho a abortar de las mujeres con el derecho a cortarse el propio cabello olvidan, quizás intencionadamente, que el acto de cortarse el propio cabello es amoral o moralmente neutro y que, por tanto, no puede compararse con el acto de abortar. Lo contrario es cometer una falacia por falsa analogía. «No hay que subestimar al fanático religioso, al ideólogo nacionalista ni al dogmático político porque él no nos subestima y, además, cree que somos herejes a combatir, extranjeros en nuestra propia tierra o que sostenemos a una casta política» Otra argumentación falaz es aquella que reduce las opciones que se analizan y sobre las que hay que elegir a solo dos, a menudo radicalmente opuestas e injustas para la persona contra la que se expone el dilema: “Dado que el universo no podría haberse creado de la nada, debe haber sido creado por una fuerza viva inteligente…”.  Esta falaz estrategia argumentativa, muy propia de los discursos nacionalistas, nos pone entre la espada y la pared planteándonos un “¿conmigo o contra mí?”. Argüir a partir de un falso dilema es una manera de no jugar limpio, porque se olvidan otras alternativas. Aunque no seamos ya ciudadanos atenienses del s. V a. C. dialogando en el ágora o plaza pública, ni patricios romanos con toga en el Senado, como ciudadanos cosmopolitas deudores de esta cultura grecolatina tenemos la obligación de intentar convencer al ´cabezota` aun a riesgo de perder el tiempo y no conseguir nada. No hay que subestimar al fanático religioso, al ideólogo nacionalista ni al dogmático político que cree haber encontrado la llave de la justicia y la felicidad universal, porque él no nos subestima y, además, cree que somos herejes a combatir, extranjeros en nuestra propia tierra o que sostenemos a una casta política. Post Views: 199

Artículo de opinión de Eduardo Martín | Profesor de Filosofía

- Escrito el 03 junio, 2017, 1:35 pm
10 mins
No sé si han tenido la sensación, después de una ardua e infructuosa conversación, que no diálogo, de que ésta ha sido una completa pérdida de tiempo cuando se tiene delante a un auténtico y genuino “cabezota” de pura cepa:

¡Qué pérdida de tiempo! ¿Cómo se me habrá ocurrido tratar de convencer a semejante irracional con el consiguiente peligro de perder la razón y la cordura? A lo que podemos contestar que es una lógica y racional tentación y, por qué no, filosófica, de aquel que pretende disuadir o persuadir de algo al fanático fundamentalista, al ideólogo nacionalista o a cualquier otro tipo de dogmático cabezota en aras de intentar un contramovimiento ilustrado que haga disminuir por medios pacíficos la cantidad de estupidez y de ignorancia en el mundo antes de que sea demasiado tarde. Debemos actuar sobre la raíz del ´mal`, no minusvalorando a la otra parte por necio o falto de entendimiento que nos parezca, practicando una equivocada tolerancia porque puede acabar pasándonos factura.

Argumentación  

Argumentar es una de las actividades fundamentales del hombre y una de las tareas de la enseñanza de la filosofía es aprender a razonar, lo que implica, en primer lugar, una revisión a fondo de las ideas del propio discurso de modo previo a ese ´placer` de intentar persuadir al otro por medio de ese arte que tan bien cultivó la cultura grecorromana: la retórica. Aquel que pretende ganarse retóricamente a los demás, parte siempre de algunos principios básicos de pensamiento y actuación que no pueden deducirse de otros anteriores y que constituyen los principios ´ideológicos` de partida o pilares sobre los que se construye el resto del discurso moral, político, religioso, etc.

«No hay ningún problema en tener una ideología, sino que lo problemático es no someterla a crítica y explicarla haciéndola trasparente en el diálogo»

No hay ningún problema en tener una ideología (entendida esta como conjunto de ideas fundamentales de una persona o colectivo sobre algún tema), cada uno tiene la suya, sino que lo problemático es no someterla a crítica y explicitarla haciéndola trasparente en el diálogo, estando dispuesto a modificarla si el otro interlocutor pone mejores argumentos sobre la mesa.

Sin embargo, en ocasiones la confrontación con estos ´principios ideológicos` es explosiva cuando la conversación es con un fanático o un fundamentalista con los que desgraciadamente tenemos que convivir día a día. Por ejemplo, la proposición ´la verdad vale más que la humanidad` sería un principio fundamental de una argumentación fanática. Que se lo digan al médico español Miguel Servet, asesinado por el clérigo protestante Calvino durante la implantación en el s. XVI de ese estado fundamentalista protestante en la ciudad de Ginebra, o a los florentinos en el s. XV con el fundamentalista católico Girolamo Savonarola, organizador de las célebres hogueras de las vanidades en la Piazza della Signoria. Desgraciadamente estos episodios se repiten en nuestro presente.

Retórica

La retórica es el arte o técnica de convencer con argumentos correctos, es decir, aquellos en los que la verdad o la probabilidad de la tesis está garantizada y, además, respetando lo que podríamos denominar como ´código ético de buenas prácticas argumentativas`: tomarse en serio el argumento del oponente, refutándolo y reconstruyéndolo; asunción de que la postura propia puede no ser correcta e intención de cambiarla si fuera así; ofrecer argumentos relevantes ofreciendo razones de peso y evitar pistas falsas que pretendan una persuasión no basada en razones; seguir el principio de claridad argumentativa que evite oscuras terminologías técnicas, jergas indescifrables, términos que den lugar a ambigüedades o equívocos.

Para comprender y analizar algunas de las ´raíces de este mal` a continuación presentaremos únicamente tres formas de argumentación falaz, de entre una larga lista,  que suelen utilizarse con normalidad en nuestras conversaciones cotidianas y que suponen ejemplos de argumentación incorrecta que debemos localizar y rechazar en nuestra vida práctica.

El primero de ellos es el ´principio de generalización abusiva`, que consiste en extraer conclusiones de una muestra demasiado pequeña de información que puede estar además sesgada. Esto ocurre con frecuencia en encuestas de intención de voto, de uso de las lenguas, etc. Recordemos los sondeos para las elecciones presidenciales americanas de 1936 que daban como vencedor a Alf Landon frente a Franklin D. Roosevelt, el primero de los cuales resultó perdiendo. Estas inducciones precipitadas forman parte de la mayoría de nuestros prejuicios nacionales, generacionales, socioculturales y lingüísticos y se caracterizan por no ser muestras suficientes ni representativas. Lo que el fanático o el ideólogo pretenden es convencernos de algo de manera falaz, escondiendo o no haciendo explícitas sus verdaderas intenciones.

Analogía razonable

Con mucha frecuencia efectuamos analogías como instrumentos útiles de argumentación. Pero las comparaciones deben hacerse entre objetos, sucesos o situaciones semejantes y en aspectos relevantes para el asunto que se trata. Cuando se comparan dos cosas el grado de semejanza debe ser el adecuado para que la analogía sea razonable. Cuando algunos antiabortistas critican, en forma de caricatura, a las abortistas de defender el derecho a abortar de las mujeres con el derecho a cortarse el propio cabello olvidan, quizás intencionadamente, que el acto de cortarse el propio cabello es amoral o moralmente neutro y que, por tanto, no puede compararse con el acto de abortar. Lo contrario es cometer una falacia por falsa analogía.

«No hay que subestimar al fanático religioso, al ideólogo nacionalista ni al dogmático político porque él no nos subestima y, además, cree que somos herejes a combatir, extranjeros en nuestra propia tierra o que sostenemos a una casta política»

Otra argumentación falaz es aquella que reduce las opciones que se analizan y sobre las que hay que elegir a solo dos, a menudo radicalmente opuestas e injustas para la persona contra la que se expone el dilema: “Dado que el universo no podría haberse creado de la nada, debe haber sido creado por una fuerza viva inteligente…”.  Esta falaz estrategia argumentativa, muy propia de los discursos nacionalistas, nos pone entre la espada y la pared planteándonos un “¿conmigo o contra mí?”. Argüir a partir de un falso dilema es una manera de no jugar limpio, porque se olvidan otras alternativas.

Aunque no seamos ya ciudadanos atenienses del s. V a. C. dialogando en el ágora o plaza pública, ni patricios romanos con toga en el Senado, como ciudadanos cosmopolitas deudores de esta cultura grecolatina tenemos la obligación de intentar convencer al ´cabezota` aun a riesgo de perder el tiempo y no conseguir nada. No hay que subestimar al fanático religioso, al ideólogo nacionalista ni al dogmático político que cree haber encontrado la llave de la justicia y la felicidad universal, porque él no nos subestima y, además, cree que somos herejes a combatir, extranjeros en nuestra propia tierra o que sostenemos a una casta política.

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