Asesinos natos aficionados

En un rato me he encontrado con un desmembramiento, varias decapitaciones, algunos desollamientos, violaciones, ejecuciones a sangre fría, alguna a sangre caliente y, además, unos jurados con la misma humanidad que un agente de la Stasi fusionado con un jemer rojo No se piensen que camino por un campo de asalto de la tercera guerra mundial, no, se trata de un breve repaso de televisión a la carta. «En un rato me he encontrado con un desmembramiento, varias decapitaciones, algunos desollamientos, violaciones, ejecuciones…» La saturación de la ultraviolencia actual haría feliz al mismísimo Alex DeLarge, ese personaje tan inmundo como simpático que representó Malcom McDowell en La Naranja Mecánica, para perturbación de cualquiera que aspire ser o sea ya padre. Disfrutaría de lo lindo con cualquier serie televisiva contemporánea, donde el crimen más deleznable es ejecutado con un realismo espectacular y todo lujo de detalles (lujo de detalles es quizá una fórmula poco exacta: sanguinolento cúmulo de sesos esparcidos por el suelo sumados a charcos de sangre lustrosos y brillantes que ocasionalmente bebe algún vampirillo sediento de sangre, como si de un adolescente Rüdiger von Schlotterstein -el ´pequeño vampiro` de la infancia de algunos- se tratara. Pero el tema de vampiros adolescentes es digno de otra ocasión). Ídolos televisivos Y ya sé que a más de uno le sonará ´chusco` o ´carroza`, expresiones ambas tan desusadas que son autorrefenciales pero que condensan ya cierto arcaico romanticismo. Su ´chusquedad` y ´carrocidad`, no pueden ocultarnos el carácter eminentemente obsceno de toda esa sesión de merde (déjenme recurrir a un galicismo en esta ocasión) que con tantísimo fervor es devorada por el televidente medio. Esas series copan las conversaciones chic, es decir, chachis, en los bares más in o molones junto con las copichuelas de ginebra más guays o sencillamente caras. Recuerdo en una ocasión, en una de aquellas eternas clases de inglés conversacional, tan entretenida como una visita a la morgue de Desembarco del Rey, un joven de veintipocos declaraba sentirse admirador de Tony Montana, un amistoso emprendedor inmigrante que se ganó el éxito con trabajo duro y buen talante. Desde luego, si hablásemos de los ídolos televisivos actuales, saliéndonos del podio futbolístico al uso, muchos de esos protagonistas que recaen en el asesinato porque han tenido infancias que ya quisiera para sí algún niño de Ciudad de Dios, gozan de un venerable respeto y anuencia. Toda esa buena gente se gana ´el respeto currando cada día`. Ese concepto que, progresivamente, se va convirtiendo más en tener capacidad para reventar el cráneo o los testículos, o ambas cosas a la vez a cualquier pinchaúvas que se atreve a mentar a la madre de uno. El ´respeto` es algo, se entiende, que se gana ejerciendo el miedo más desatado y vivaracho sobre el otro, al parecer. La normalización de la violencia Sobre todo esto caben múltiples interpretaciones. Las más simples y casposas tienden a considerar que el mero visionado de todo esto conduce a la criminalidad tan directo como los miguelitos de la Roda van al tejido adiposo y tan ricamente. Otras más sofisticadas verán que estos personajes no son sino un reflejo de la catadura moral de nuestro tiempo. Una época que desde luego no invita a salir a la calle, sabiendo que el panadero puede tener instintos tan sádicos que sería capaz de arrancar algún ojo si no se le da el cambio exacto. Por último, las habrá más historicistas, para las que esto no será nada, en comparación con las decapitaciones en directo o las piras para brujas de épocas pasadas, donde no había televisión y había que entretenerse con desmembramientos y otras ricuras de amable final. La normalización de la violencia provoca una contradicción curiosa en el ciudadano medio: aborrece la violencia real, cómo no, pero se regodea siguiendo a los jugadores del trono, a profesores metanfetamínicos, a empresarios moteros o vikingos viajeros, entre otras muchas joyas morales. El problema es que encubran una secreta admiración, tal vez propia de nuestro presente enfermizo que además tratamos de esconder tras expresiones triunfales de solidaridad. Tal vez no son sino el reflejo de nosotros mismos, y de nuestras conquistas. No quisiera hablar de muertos vivientes. Eso lo dejo para otro momento, pero ya se imaginan ustedes. Menos mal que siempre nos quedarán los superhéroes para arreglar esto y salvar el mundo, ¿verdad? Post Views: 159

Artículo de opinión de Ángel Martín | Profesor de Filosofía

- Escrito el 03 abril, 2017, 10:30 am
6 mins
En un rato me he encontrado con un desmembramiento, varias decapitaciones, algunos desollamientos, violaciones, ejecuciones a sangre fría, alguna a sangre caliente y, además, unos jurados con la misma humanidad que un agente de la Stasi fusionado con un jemer rojo

No se piensen que camino por un campo de asalto de la tercera guerra mundial, no, se trata de un breve repaso de televisión a la carta.

«En un rato me he encontrado con un desmembramiento, varias decapitaciones, algunos desollamientos, violaciones, ejecuciones…»

La saturación de la ultraviolencia actual haría feliz al mismísimo Alex DeLarge, ese personaje tan inmundo como simpático que representó Malcom McDowell en La Naranja Mecánica, para perturbación de cualquiera que aspire ser o sea ya padre. Disfrutaría de lo lindo con cualquier serie televisiva contemporánea, donde el crimen más deleznable es ejecutado con un realismo espectacular y todo lujo de detalles (lujo de detalles es quizá una fórmula poco exacta: sanguinolento cúmulo de sesos esparcidos por el suelo sumados a charcos de sangre lustrosos y brillantes que ocasionalmente bebe algún vampirillo sediento de sangre, como si de un adolescente Rüdiger von Schlotterstein -el ´pequeño vampiro` de la infancia de algunos- se tratara. Pero el tema de vampiros adolescentes es digno de otra ocasión).

Ídolos televisivos

Y ya sé que a más de uno le sonará ´chusco` o ´carroza`, expresiones ambas tan desusadas que son autorrefenciales pero que condensan ya cierto arcaico romanticismo. Su ´chusquedad` y ´carrocidad`, no pueden ocultarnos el carácter eminentemente obsceno de toda esa sesión de merde (déjenme recurrir a un galicismo en esta ocasión) que con tantísimo fervor es devorada por el televidente medio. Esas series copan las conversaciones chic, es decir, chachis, en los bares más in o molones junto con las copichuelas de ginebra más guays o sencillamente caras.

Recuerdo en una ocasión, en una de aquellas eternas clases de inglés conversacional, tan entretenida como una visita a la morgue de Desembarco del Rey, un joven de veintipocos declaraba sentirse admirador de Tony Montana, un amistoso emprendedor inmigrante que se ganó el éxito con trabajo duro y buen talante. Desde luego, si hablásemos de los ídolos televisivos actuales, saliéndonos del podio futbolístico al uso, muchos de esos protagonistas que recaen en el asesinato porque han tenido infancias que ya quisiera para sí algún niño de Ciudad de Dios, gozan de un venerable respeto y anuencia. Toda esa buena gente se gana ´el respeto currando cada día`. Ese concepto que, progresivamente, se va convirtiendo más en tener capacidad para reventar el cráneo o los testículos, o ambas cosas a la vez a cualquier pinchaúvas que se atreve a mentar a la madre de uno. El ´respeto` es algo, se entiende, que se gana ejerciendo el miedo más desatado y vivaracho sobre el otro, al parecer.

La normalización de la violencia

Sobre todo esto caben múltiples interpretaciones. Las más simples y casposas tienden a considerar que el mero visionado de todo esto conduce a la criminalidad tan directo como los miguelitos de la Roda van al tejido adiposo y tan ricamente. Otras más sofisticadas verán que estos personajes no son sino un reflejo de la catadura moral de nuestro tiempo. Una época que desde luego no invita a salir a la calle, sabiendo que el panadero puede tener instintos tan sádicos que sería capaz de arrancar algún ojo si no se le da el cambio exacto. Por último, las habrá más historicistas, para las que esto no será nada, en comparación con las decapitaciones en directo o las piras para brujas de épocas pasadas, donde no había televisión y había que entretenerse con desmembramientos y otras ricuras de amable final.

La normalización de la violencia provoca una contradicción curiosa en el ciudadano medio: aborrece la violencia real, cómo no, pero se regodea siguiendo a los jugadores del trono, a profesores metanfetamínicos, a empresarios moteros o vikingos viajeros, entre otras muchas joyas morales. El problema es que encubran una secreta admiración, tal vez propia de nuestro presente enfermizo que además tratamos de esconder tras expresiones triunfales de solidaridad. Tal vez no son sino el reflejo de nosotros mismos, y de nuestras conquistas. No quisiera hablar de muertos vivientes. Eso lo dejo para otro momento, pero ya se imaginan ustedes. Menos mal que siempre nos quedarán los superhéroes para arreglar esto y salvar el mundo, ¿verdad?

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